Mientras en el microcentro una multitud de parejas camina de la mano, entre regalos y globos, en los alrededores del estadio de Atlético Tucumán la postal es casi la misma, pero con una gran diferencia: aquí los corazones son celestes y blancos.
El 14 de febrero, las parejas “decanas” postergaron la cena para vivir el ritual del tablón, demostrando que no hay mejor cita que aquella en la que se comparte la misma pasión.
Una “mentira” de años
Entre la multitud que avanzaba por 25 de Mayo se destacaban Julio Peñalba y Amalia Salazar, ambos de 61 años y con más de tres décadas de matrimonio. Su historia en la cancha es un testimonio de cómo el fútbol y la vida en pareja terminan volviéndose una sola cosa.
“Tenemos 34 años de casados y, cuando lo conocí, él ya era fanático de Atlético. Esa fue la primera mentira que me hizo: me dijo que no le gustaba mucho el fútbol”, relata Amalia entre risas, mientras Julio asiente con picardía. Según ella, el engaño no duró mucho: “Después se fue destapando solo”.
El camino de ambos hacia la platea del José Fierro tuvo sus etapas. Durante años, la rutina de Julio fue otra, compartida con sus hijos, hasta que el nido quedó vacío y el fútbol se convirtió en el nuevo puente de la pareja.
“Yo siempre estuve en platea y venía con mi hijo y con mi hija, pero cada uno fue haciendo su vida. Uno se fue al exterior y, como venía solo, ella me dijo: ‘Mirá, si tenés dos plateas te acompaño’. Y bueno, acá estamos. Ahora es más hincha de Atlético que yo”, confiesa Julio con orgullo.
Incluso el amor más sólido tiene sus pruebas de fuego. Julio recuerda, entre risas, la única vez que se enojaron “feo”: fue cuando Amalia sintió piedad por el eterno rival tras una derrota. “Perdió San Martín y ella dijo: ‘Pobre San Martín’... ¡Casi me muero!”, bromea él. Amalia se defiende con ternura: “Me daba pena verlos perder tanto”. Superada aquella crisis, hoy el plan de San Valentín es innegociable: regalo entregado, partido en la cancha y cena para celebrar más de tres décadas de aguante.
Debut y los rituales
La nueva generación también dice presente, a veces rompiendo los moldes tradicionales. Agostina Zelaya y Matías Ardiles son el ejemplo. En esta pareja, ella es la fanática de pura cepa que convenció a Matías de ir al estadio por primera vez.
Para él, el debut en la tribuna un 14 de febrero fue su regalo de cumpleaños adelantado y una prueba de amor, considerando que “está cara la entrada”. Agostina, por su parte, tiene claras las prioridades: más allá de cualquier salida posterior, lo que más esperaba ese día era, sencillamente, “que gane Atlético, por lo menos”.
A pocos metros se abrazan Iara y Marcos, quienes vienen juntos a la cancha desde el año pasado y tienen un ritual que mezcla romanticismo con ansiedad de hincha. “La cábala es darnos un beso cuando hacen gol”, cuenta Marcos con una sonrisa, aunque admiten con nostalgia que últimamente no han podido cumplir con esa tradición tanto como quisieran debido a la falta de goles. Igual, fuera del estadio, el amor y los besos sobran: Iara está embarazada de tres meses y el pequeño “decanito” —o “decanita”— ya dice presente en el José Fierro incluso antes de nacer.
También están quienes apelaron a la diplomacia. Mariano y Valentina llegaron al Monumental tras una “negociación”. Mariano admite que hubo un pacto previo para que ella aceptara pasar el Día de los Enamorados entre cánticos y banderas en lugar de un plan más convencional.
El regalo es colectivo
Ya sea un matrimonio de más de tres décadas o dos jóvenes que se dan su primer beso entre cánticos, el mensaje es el mismo.
El amor, cuando es de verdad, se parece mucho a lo que se vive en 25 de Mayo y Chile: es saber acompañar en las malas, celebrar con euforia en las buenas y, sobre todo, elegir caminar de la mano hacia el mismo arco, temporada tras temporada. En el Monumental, el Día de los Enamorados se renueva todos los domingos.